Emiliano Pérez Cruz
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Emiliano Pérez Cruz/Quadratín Debate

 

Nezahualcóyotl, 16 de julio, 2017—’Tons qué, doña Tere, ¿sí les da permiso a sus muchachos para que hagan un hoyo para mi guáter y para que tapen el que ya se llenó? Le damos cinco pesos a cada quien y la comida…

 

—Que sean los veinte, doña Pera. Fácil se llevan casi la semana. Y tienen que dejar el acarreo de agua a las vecinas… Ahí pierden. Además, pueden agarrar un mal aire… Otra cosa: hay que ver si quieren, porque son rete asquerosos…

 

—Bueno: que sean los veinte y usté los convence…  Yo les presto los zapapicos y las palas… ¡Y ya me voy, Teresita, porque todavía no voy al mandado! El trato se hizo. Entre Alfredo, Ricardo y yo hicimos el nuevo agujero para la letrina; el Tizne, hijo de doña Romana la Calentana, nos hizo el paro: tenía carretilla y nos sirvió de mucho para acarrear basura de los tiraderos cercanos y cascajo de donde se pudiera, para rellenar.

 

Un trabajo como este atraía a la bola de curiosos que no cesaban de hacer cábulas a costillas de nosotros: “panteoneros de calabaza”, “enterradores de tamarindos”, “cuachaleadores” y otros apodos por el estilo trataban de prendernos; a leguas se les notaba la envidia por no haber sido ellos contratados para esta labor que significaba, de a peso semanal, el equivalente a veinte domingos.

 

Al final los mirones colaboran nomás por pura maldad, pues cuando teníamos listo a la orilla del pozo todo aquello que serviría de relleno sanitario, no faltaba quien estuviera a las vivas, aguardando a que trabajadores y mirones estuvieran descuidados; entonces arrojaban con fuerza la basura y los trozos más grandes de cascajo:

 

—Órale, tranquilos que ya salpicaron al Tizne y al Güilo… ¡Pinchis asquerosos!

 

—Órale, si no ayudan no estorben, me cae que le vamos a decir a mi jefa.

 

—Uyyy, bola de maricas —dijo burlón el Mugres y  luego propuso—: a ver, ¿quién se avienta a brincar el hoyo?

 

Al principio, nadie aceptó: al saltar y pisar en la mera orilla, se corría el riesgo de que la tierra se desgajara; por el uso, el hoyo llegaba a tener un diámetro o lado de dos metros, si conservaba su forma cuadrada. Y los que nos dedicábamos a este ocasional oficio andábamos entre los siete y los doce años de edad… aunque ganas de echar relajo no faltaban. Alfredo, que traía pique con el Mugres (alguna vez pelearon “a mano limpia” y mi hermano perdió), aceptó el reto.

 

—Pero vamos apostando cinco varos, y que sea en cinco brincos, una vez y una vez; el que libre el hoyo y llegue más veces lejos, se los gana, ¿sale?

 

—Sale —aceptó el Mugres burlón. —Verás que a la primera vas a caer en el mierdero. ¿Con zapatos o descalzos?

 

—Descalzos —dijo el Fredo.

 

—Ya rugiste, camaleón —aceptó el Mugres y procedió a quitarse sus matavíboras de la Tenería de Pachuca.

 

Y la competencia dio inicio. Se apostaron trompos, yoyos, canicas, luego de que cada uno de los mirones decidió a quién le iba como ganador. Un improvisado jurado resgistraba las marcas de Alfredo y el Mugres, quien hasta el tercer salto de longitud llevaba ventaja.

 

—Mejor rájate, manito: vas por la tercera y me canso que vas a perder —le aconsejamos Ricardo y yo a mi hermano.

 

Se negó. El Mugres tenía mejor técnica: llegaba al  borde mismo del pozo y se impulsaba. Además, caía al otro lado con los pies planos, y como calzaba del siete, con facilidad aventajaba a Alfredo, que marcaba con los talones.

 

Pero el mayor peso del Mugres lo derrotó; su cuarto salto no fue sino derrumbe, pues la orilla se desgajó. Su intento de aferrarse con los codos fue vano: por suerte el contenido de la letrina se había espesado con la tierra que le echamos de relleno.

 

Y no era muy profunda, el Mugres tocó fondo pronto, aunque salió embarrado hasta la altura de las tetillas.

Las cábulas no se las acababa, aunque sí agradeció que entre todos lo sacáramos y con cubetadas de agua salitrosa del nuevo pozo le quitáramos buena parte de los añejos excrementos y larvas de mosca que, como arroces vivientes, pululaban sobre él.

¿La apuesta? Nunca la pagó.