Redacción Quadratín Debate
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Jorge Fiorero

Caracas, 11 de febrero, 2018.- Agentes políticos, económicos, culturales y militares de gran notoriedad en la comunidad internacional y en el mundo de los medios masivos de información, han posicionado la hipótesis de que en Venezuela se experimenta en la actualidad una crisis humanitaria, que requiere de una intervención humanitaria multinacional.

Más allá de las polémicas y los disensos ante esta hipótesis, porque es evidente la actitud tendenciosa y los intereses de esos agentes y porque los mismos guardan silencio cómplice hacia otras realidades equiparables a crisis humanitarias en el continente y en el mundo; es necesario reconocer que en Venezuela hay una crisis económica densa y compleja, la cual ha deteriorado de manera significativa la capacidad de satisfacción de necesidades esenciales de la población, ha socavado garantías de derechos fundamentales que se instauraron durante los últimos tres lustros y ha revivido la pobreza extrema en el país.

Pero también es indispensable valorar cuál es el balance para las sociedades y para los pueblos, de las intervenciones humanitarias dirigidas por los Estados Unidos de América en las últimas décadas. Casualmente (¿?), previo a las intervenciones humanitarias, los países objeto de la filantropía norteamericana han sido víctimas de acciones sistemáticas e intencionadas de asedio, deslegitimación, aislamiento y asfixia económica.

Con el pretexto de realizar intervenciones humanitarias, los Estados Unidos han organizado y llevado a cabo operaciones militares que han redundado en el desarrollo de conflictos bélicos de mediana y alta intensidad que han provocado el asesinato violento de millones de víctimas civiles –ajenas a cualquier beligerancia- en países como Panamá, Iraq, la extinta Yugoslavia, Colombia (mediante el Plan Colombia), Afganistán, Libia, Ucrania, Siria, Haití, Somalia, entre
otros.

Pero más grave aún, la intervención norteamericana ha determinado la desintegración territorial, la fractura del tejido institucional de esos países y en algunos casos ha desatado conflictos que se han
agudizado –hasta salirse del control de las agencias de la intervención-, y siguen vigentes en la actualidad (tal es el caso de Iraq, Ucrania, Siria y Libia).

Lo cierto del caso es que en esas cuatro naciones, se experimenta una auténtica crisis humanitaria, la cual es invisible ante las corporaciones mediáticas del capital y ante los foros internacionales. Después de la intervención de los Estados Unidos, ninguno de esos países ha mejorado su economía o su democracia, por el contrario se ha pauperizado hasta niveles indescriptibles. La verdad es que lo más catastrófico para cualquier nación es ser objeto de una intervención humanitaria sobre la base del paradigma estadounidense.

Si el gobierno de los Estados Unidos desea cooperar en la recuperación de la economía nacional y mitigar lo que denominan una crisis humanitaria, lo primero que debe hacer es revertir sus sanciones económico-financieras contra Venezuela.

Si el gobierno de los Estados Unidos desea fortalecer la democracia venezolana, debe dejar de inmiscuirse en los asuntos internos (en mi opinión la alta votación en las elecciones para la Asamblea Nacional Constituyente y el triunfo del PSUV en las elecciones regionales de octubre de 2015 estuvieron determinadas por las acciones hostiles de Trump, las cuales motivaron la movilización de potenciales abstencionistas), dejar de apoyar aventuras de violencia política –como las denominadas guarimbas y como las recientes apologías a Golpes de Estado- y debe permitir que sea el pueblo venezolano el que decida su destino.

Caso similar sucede con nuestro presidente vecino Juan Manuel Santos de Colombia, quien expresa de manera permanente su angustia por la situación venezolana (tanto que no se inmutan por los graves problemas que tiene el país que gobierna). Mientras Santos dice padecer de insomnio y emite lágrimas de cocodrilo ante los medios por la crisis humanitaria en Venezuela, en la jurisdicción de Colombia se concentran en gran medida las agencias que deterioran la economía venezolana sobre la base de una economía delictiva que ampara y legaliza el contrabando de combustibles venezolanos y mantiene operaciones de especulación financiera, cuya intención es lesionar la moneda  venezolana.

La intervención humanitaria transnacional sobre Venezuela, coordinada por los Estados Unidos ya está revelando sus primeros resultados –el agravamiento de la situación económica nacional-, también hamdemostrado, al menos desde el año 2002, cuáles son sus verdaderas objetivos: el control y usufructo de la industria petrolera venezolana, y la apropiación mediante cualquier vía de otro conglomerado de recursos –localizados en el subsuelo venezolano- que resultan fundamentales para el desarrollo tecnológico en el tiempo histórico actual. No es con un baño de sangre y el despojo de nuestros recursos como se supera una crisis como la que experimenta Venezuela en la actualidad.

Reflexión de cierre

Ante las circunstancias actuales, el Estado venezolano debe fortalecerse en este momento de crisis, para que los dirigentes políticos y económicos del país comprometidos con la debacle actual (los rojos, los amarillos, los blancos, los verdes, los verde oliva y los líderes de empresas que han saqueado a la nación y venden una imagen de redentores), tengan que asumir sus responsabilidades ante la historia y ante la ley. La impunidad es uno de las taras más graves de nuestra república.

La única intervención legítima en el marco de nuestras leyes, del derecho internacional y de la justicia, es la del pueblo venezolano, por tal motivo debemos tener plena conciencia de las causas
estructurales, coyunturales y factuales de la crisis, para tener herramientas que nos permitan tomar las decisiones correctas en un escenario tan complejo y convulso.

No existe poder más legítimo en Venezuela que el poder constituyente, el auténtico y de carne y hueso (el que no permite prisiones burocratizadas y corporativas), el del barrio, el de la fábrica, el del campo, ese mismo que con su movilización y su sangre fue capaz de destruir el régimen del Pacto de Punto Fijo e instaurar un nuevo pacto social en 1999.

Ese mismo que desarrolló una experiencia de liberación, dignidad nacional y un proceso de cambios que tuvo la capacidad de contener la hegemonía de los Estados Unidos en el hemisferio y de convertirse en una referencia de resistencia y esperanza para los pueblos oprimidos del  mundo.

i) Esa guerra de amplio espectro tiene sus expresiones tangibles en las agresiones diplomáticas de Washington, con el apoyo de los gobiernos subordinados a la política exterior norteamericana –tales
como el denominado Grupo de Lima-, así como de organismos y foros multilaterales (tales como la OEA y el MERCOSUR); en las medidas arbitrarias de agencias del sistema financiero internacional –dominado por los intereses estratégicos de los EE.UU.-, para emitir calificaciones de riesgo y condiciones de crédito desiguales e injustas para Venezuela; el asedio político-militar dado por el posicionamiento de instalaciones bélicas en zonas adyacentes al territorio venezolano, así como las amenazas explícitas de intervención bajo el pretexto de realizar operaciones con fines  humanitarios.

ii La emisión del Convenio Cambiario 39 y el proyecto de implementación de una moneda virtual venezolana, parecen indicar que se han abandonado las posiciones ortodoxas –petrificadas ante una vorágine de golpes a los intereses nacionales- que habían caracterizado la gestión económica del gobierno de Nicolás Maduro.

 

El autor del artículo es investigador del Centro Internacional Miranda