Emiliano Pérez Cruz
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Emiliano Pérez Cruz/Quadratín Debate

 

 

Nezahualcóyotl, 12 de febrero, 2018.- Don Goyo fue ferrocarrilero —según me contaba—; encargado del vagón correo, era feliz yendo de aquí para allá por la vía férrea.  Tipo muy bien plantado, según atestiguaba la foto de su boda, conoció guapas mujeres y de entre ellas se prendó de Josefina, aquella hembra con la que hacía pareja en la foto en blanco y negro, coloreada a mano y enmarcada en caoba tallada: único detalle valioso que destacaba en el cuarto maloliente a donde lo confinaron sus hijos a raíz de que su enfermedad se agudizó.

 

La enfermedad consistía en una perpetua temblorina que le corría por todo el cuerpo y se agudizaba en manos y piernas, manteniéndolas en movimiento perpetuo. Tuvo su origen en un descarrilamiento que no pasó a mayores para la mayoría de la tripulación y los pasajeros. Pero a don Goyo le cayeron encima bultos y bultos de correspondencia que le acarrearon las correspondientes lesiones en la columna vertebral.

 

Quedó en calidad de pensionado de los Ferronales, con la obvia disminución de sus ingresos. Tuvo que vender la casa que tenía en las inmediaciones de Santa María la Redonda y con el producto de la venta adquirió un terreno en una de las colonias del ex Vaso de Texcoco.

Construyó dos cuartos para doña Jose y sus cinco hijos, que al decir de los vecinos resultaron la viva piel de Judas y no se andaban con rodeos para cantarle “su inutilidad para sacarlos adelante”.

 

Los hijos, a excepción de la menor y de doña Jose, trataban a don Goyo de mentada de madre para arriba y le amenazaban con despojarlo de la casa, venderla y meterlo a él a un asilo, ya que “eres un bueno para nada”.

 

Uno de ellos fue jefe de una banda que al ser capturada por la policía lo delató como cabecilla y tuvo de huirse. Paradójicamente, otro ingresó al cuerpo de policía del naciente municipio 120 del EdoMex y se dedica a lo mismo que su hermano pero con la impunidad que confiere la pertenencia a un cuerpo de in-seguridad.

 

Otro fue de los pioneros integrantes de un grupo de rockanroleros allá a mediados de los años sesenta, y uno de plano desapareció del vecindario. La menor, dicen las malas lenguas, se dedicó a desfajar pantalones, pero son suposiciones.

 

Lo cierto es que a mí me contrataron, cuando andaba alrededor de los ocho años de edad, para que me hiciera cargo del prematuramente evejecido don Goyo. Me pagaban cincuenta centavos porque lo llevara al baño y le dirigiera la mano para que se limpiara el culito, le ayudara a rasurarse, limpiara la baba que le fluía de las comisuras, boleara sus borceguís y fuera con él a la colonia Pantitlán donde un amigo suyo, también ex ferrocarrilero, le daba masajes y baños de rayos infrarrojos.

 

Me gustaba llevarlo a sus curaciones, porque atravesábamos todo el llano y don Goyo me permitía corretear lagartijas y desenterrar sapos a la orilla del Río Churubusco, mientras recorríamos un trayecto que otras personas hacían en quince minutos y a nosotros nos ocupaba casi las dos horas y otro tanto para el retorno.

 

Cada jueves don Goyo agregaba cinco pesos a la mísera cuota que sus hijos me daban: me indicaba tomarlos de una cajita de laca donde además del suelto guardaba monedas de oro y plata:

 

—Para cuando diatiro me las vea negras, hijo —me decía con el cachito de humor que aún conservaba. Un día llegó el hijo que se metió a policía y por poco me clacha ocultando la caja con los ahorros de don Goyo.

 

Seguro que fue a él a quien le dio mala espina que yo me comprara chuchería y media entre semana, cuando con sus hermanos, macizos todos, no tenían para llevar a sus novias al cine.

 

Podría asegurar que fue el poli quien dio con la cajita del tesoro y nos dio baje a don Goyo y a mí.  Pero nomás supongo.