Emiliano Pérez Cruz
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Emiliano Pérez Cruz

 

Nezahualcóyotl, 14 de setiembre, 2018.-Abundan en la ciudad, quizá tanto como los niños. Pueden ser de andar soberbio, fachendoso, bravucón, o tímidos, ladinos, rastreros, traidores, juguetones, falderillos, atrabancados y asesinos incluso.

 

Algunos tienen cara de yo no fui. Pasa usted junto a ellos y se hacen que la virgen les habla. Así es el Cirquero. En el momento menos esperado, una tarascada nos hace volver la vista y al mismo tiempo llevarnos la mano a la espalda para palpar los daños ocasionados.

 

Apenas logramos ver a ese rayo que veloz se dirige hacia el sitio de donde surgió la voz del amo:   -Cirquero, ven acá chiquito, ¿qué estás haciendo que desde hace rato ando búsquete y búsquete?

 

-Oiga señora, pus si tanto lo busca por qué tuve que encontrármelo yo primero. Debería de amarrar a su perro no que mire: ya me desgració la chamarra. La de buenas fue que no me arrancó el pedazo, si no ya estaría usted en problemas, y todo por tener en la calle animales que son para la casa.

 

-Ay joven, qué se apura, si mi Cirquero está vacunado. Discúlpelo.   Otros canes no tienen siquiera dueño que les ladre. Andan por plazas y mercados, famélicos, olisqueando entre los tachos de basura, entre las bolsas de las marchantas que a puntapiés los alejan para que no vayan a bajarles el retazo con hueso o la maciza o el espinazo de cerdo que dará sabor a las verdolagas que estarán listas para la hora de la comida.

 

Los carniceros no les quitan de encima el ojo. Saben que aprovecharán el menor descuido para irse sobre la mercancía, y ay de aquellos a los que se les da alcance: terminan con el lomo tasajeado o de plano descuadrilados por certero machetazo. Si la libran, aprendieron a no cometer errores.

 

Los hay que gozan de todas las comodidades, peluquería incluida, veterinario y dietista y mucama de cabecera. Otros no tienen más cobija que el negro manto de la noche, cochambrosa y esmoguienta. Y de comer, los desperdicios que logren pepenar en su diario recorrido por las calles de la urbe, con la lengua de fuera y la sed atenazando.

 

Como quiera que sea, sobreviven y sólo esperan -si es que esperan- que no les caiga la peor de las maldiciones: la sarna. Imagínense: pobre, desnutrido, malmirado y de pilón sarnoso. Maldición eterna. Todo mundo les rehúye, hasta los que tienen moquillo o elefantitis testicular o como se llame técnicamente el desperfecto.

 

-¡Sáquese perro asqueroso!- espetan los transeúntes y les sacan la vuelta.

 

-Aguas-aguas, que hasta rabia puede tener.

 

Ni la perrera municipal o delegacional les hace caso. Y eso ya es mucho decir, porque cuántos perros callejeros no van a dar con todo y huesos a lo que será su Treblinka, así lleven al cuello la placa de vacunación antirrábica y un collar de limones para mermar la tos de perro.