Ernesto Martínez Elorriaga
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Ernesto Martínez Elorriaga/Quadratín Debate

Morelia, Mich., 25 de marzo, 2018.- La Teja fue el nombre del rancho de nuestro abuelo Aurelio Martínez Benítez, y de sus padres José Martínez  e Isabel Benítez. Tras la muerte de don Aurelio La Teja fue vendido hace aproximadamente medio siglo. Sin embargo, para sus descendientes solo fue El Rancho, y la distancia,  con el paso del tiempo, hizo que se perdiera la relación con los parientes que vivían en esa parte del estado de  México, que durante mucho tiempo permaneció aislada.

 

Hace no más de seis años que mi hermano El Pelos organizó  una cabalgata, a la que fueron los tres hermanos hijos de don Aurelio. MI tío Chucho y mi padre El Matador, que ya no están con nosotros. Solo quedan mi tía Celia y mi tío Agustín. Aquel fue un día especial porque a pesar del calor y el clima semidesértico todos estuvimos contentos.

 

Todavía  estaba con vida la Tía Agapita, hermana de don Aurelio. Nunca nos enteramos de la familia que había en ese lugar. Para casi todos nosotros pasó desapercibido que mi abuelo Aurelio tuvo un hermano llamado Facundo, que murió muy joven, y dos hermanas: la Tía Agapita y la tía María,  esta última  abandonó el rancho desde joven y se fue a vivir a Puente de Viga, en una parte de la periferia de lo que fue el Distrito Federal.

 

A la tía Agapita la visitamos algunas veces, hasta el día de su muerte hace poco más de un año. La tía María acostumbraba visitar a la familia en Semana Santa a Iztapalapa, pero de pronto dejó de ir, desde hace varias décadas y la relación se fue desvaneciendo. Pero cerca del rancho seguimos teniendo familia, los descendientes del tío Román, el tío Chon y  la tía Agapita.

 

Más allá de la familia, a muchos de los Martínez nos sigue emocionando ir al rancho. La nostalgia y  a veces  tristeza, de ver que de La Teja no queda casi nada, solo la olla de agua, o bordo, que mandó construir El Matador,  de la casa apenas un montón de piedras. Los ahora dueños de la finca construyeron en la parte  trasera  su vivienda. Pero el entorno sigue siendo el mismo. Poco han cambiado el paisaje, aunque hay muchos nuevos vecinos. De hecho, Santa Ana se está convirtiendo en pueblo, se está  urbanizando.

 

En los próximos días irá al rancho  parte de la nueva generación: las niñas  de Adrián y Denise, de Luisa y Lalo; de  los hijos de Tania y Nadia, los nietos de Alfredo, los hijos de Carlos; los nietos de Chucho, entre otros, que al igual que nosotros y nuestros hijos llegamos a correr en esos campos donde de viento frío y sol quemante.

 

El viaje al rancho no es una visita  a la playa ni un lugar histórico, es simplemente el lugar donde se encuentran parte de nuestras raíces. Uno entiende que no a todos les agrada, porque no son atractivas las bardas de piedra, magueyes y nopales. Pero el rancho tiene su encanto, y esperamos pronto estar ahí.

 

El lugar donde nos hospedamos desde hace unas cuatro décadas es en el rancho de la Tía Albina, esposa del difunto Chimino, con quien nos une una amista férrea y con quien compartimos, junto con sus hijos, momentos agradables, tristes y en ocasiones trágicos. Aun podemos recordar el grito de El Pelos, bajando de la loma: ¡Chiminooo, ya llegamoooos!