Emiliano Pérez Cruz
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Emiliano Pérez Cruz/Quadratín Debate

 

Nezahualcóyotl, 12 de octubre, 2017.- Hasta mediada la década de los sesenta, el terreno de la esquina que forman la Calle Ocho y la Sexta Avenida permaneció baldío. Conforme el número de vecinos aumentó fue tomado por asalto y se convirtió en depósito de kilos y kilos de basura y centro de operaciones de los pepenadores que lo visitaban en busca de cartón, huesos, metales y demás material reciclable.

 

Pensábamos que dicho baldío no tenía dueño, hasta que un día apareció aquella pareja dispareja: don Paco y doña Julieta. Él, cuarentón, bien parecido, alto, coloradote, bigote de aguacero, uniforme color caqui y sombrero tejano.   Ella, de cuerpo seco y con el rostro surcado por cientos de arrugas, corte de pelo (entrecano) que terminaba en colita de pato, andaba siempre con la boca pintada de corazoncito y vestía uniforme de enfermera.

 

Rondaba los sesenta y tantos años de edad y trabajaba en el leprosario de Ixtapaluca; él, como carpintero en una paraestatal.   Ambos gustaban del tequila, pero de esto nos percatamos hasta que terminaron cercar y construir un cuarto y se establecieron entre nosotros, los primeros pobladores de Nezayork.

 

A diferencia del resto de trabajadores que vivían en la colonia, ambos descansaban dos días a la semana, mismos que dedicaban a la bebida sin medida, hasta que el cansancio los vencía. En un principio eran pacíficos, incluso entre ellos. Después Julieta llegó a quejarse con mi madre —con quien había establecido excelente amistad— de las buenas tranquizas que don Paco le propinaba, harto de los celos de que ella lo hacía objeto.

 

Pero ella no era manca.   Poco a poco sus relaciones fueron deteriorándose y nosotros, la familia que en cierta manera adoptó la pareja, vimos como Julieta fue tirándose cada vez más a fondo y sin red protectora al alcohol. Llegaba a casa, iniciaba la plática con mi madre, le pedía permiso para que fuésemos a conseguirle un cuartito de Sauza Blanco y al rato ya estaba echando bronca.

 

Si doña Tere estaba de humor como para tirarla de a loca, le daba por su lado y luego la mandaba a dormir, previa insistencia para que algo le echara a la barriga, porque sin comer durante el día le arriesgaba a ganarse una cirrosis de miedo.   Julieta no se andaba con rodeos para eso de la tomada.

 

Perdió el trabajo en el leprosario y le dolió mucho abandonar a sus enfermos; don Paco terminó de plano con los teporochos y no hubo poder capaz de retenerlo al lado de la anciana, que de mantenido no lo bajaba:

 

—Prefiero más al Oso, que me ladra pero me cuida la casa y nada más se conforma con un hueso o un plato de tortillas remojadas. En cambio contigo, ni para hacerme el favor sirves ya; por mí regrésate con tu vieja y tus vástagos. Ya me fregaste todo el dinero que tenía, ya puedes buscarte otra para que te le pegues como sanguijuela. Para vivir con animales, con el perro tengo…

 

Don Paco se calentaba y sin medir consecuencias —era fornido, musculoso— agarraba de las greñas a la doña y en ocasiones así la llevaba a rastras, desde nuestra casa hasta su domicilio, sin que valieran las intermediaciones de los vecinos, quienes le fueron agarrando ojeriza pese a que, cuando andaba en sano juicio, el hombre era de lo más amable y comedido.

 

Un día que arreaba a doña Julieta por el llano a punta de patadas, don Paco enfrentó la ira de las mujeres que hacían cola en la toma del agua. A cubetazos hicieron que la dejara en paz, aunque con dos costillas seriamente lesionadas.   Mi madre se encargó de darle una sobada con Iodex y vendarle la esquelética caja toráxica.

 

Varios días dejó de beber Julieta —hecho que resintieron nuestros bolsillos, pues la propina tras de ir por el pomo era generosa—, pero cuando volvió a las andadas se hizo de palabras con aquellas que enfrentaron a don Paco y terminó mandándolas al diablo por entremetidas:

 

—Soy su vieja y puede matarme si quiere. Pero tiene dos semanas que no está conmigo, a ver, ¿quién de ustedes me va a dar gasto? Y aunque alguna dijera yo mera, sépanse que a mí no me gustan las tortillas, me gusta mi viejo y ustedes me lo espantaron por metiches.