Ignacio
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Ignacio Ramírez

Morelia, Mich., 15 de abril, 2018.- “No espero ni remotamente que se me conceda el menor crédito a la extraña,  aunque familiar historia que voy a relatar. Sería verdaderamente insensato esperarlo cuando mis mismos sentidos rechazan su propio testimonio. Sin embargo no estoy loco ni tampoco lo he soñado.”  Edgar Allan Poe, “El gato negro”.

Poe era un autor obligado en la preparatoria. Sus “Narraciones extraordinarias” a todos nos movían el piso, por el terror, la sorpresa, el suspenso y el increíble manejo de la trama. Para alguien que desconoce el mundo de la literatura es un agasajo. A veces uno se preguntaba ¿Por qué? Alguien tan talentoso vivía en el terror, porque desde pequeño quedó huérfano y todo lo que se le acercaba se convertía en una pesadilla. De ahí su afición al opio y al alcohol.

Nació en Boston en enero de 1809. Dicen sus biógrafos que si alguien vivió atormentado fue Poe. Incluso su tío manifestó el día de su muerte: “Había conocido tanto dolor y tenía tan pocos motivos para sentirse satisfecho con la vida que este cambio apenas puede considerarse una desgracia”.

Julio Cortázar escribió: “A las cuatro de la madrugada del 27 de septiembre de 1849, Edgar se embarcó rumbo a Baltimore. Como siempre en esas circunstancias, estaba deprimido y lleno de presentimientos. Su partida a hora tan temprana (o tan tardía, pues había pasado la noche en un restaurante con sus amigos) parece haber obedecido a un repentino capricho suyo. Y desde ese instante todo es niebla, que se desgarra aquí y allá para dejar entrever el final”.

Cuando comenzamos a leer a Edgar Allan Poe, nos deja un sentimiento muy especial. Te confunde, te sorprende, te atemoriza, entre otros sentimientos que ni siquiera logramos interpretar.