Emiliano Pérez Cruz
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Emiliano P. Peralta/Quadratín Debate

 

Estado de México, 16 de julio, 2017.- Por antonomasia, cualquier conjunto habitacional que se respete, deberá tener entre las familias que le dan forma una pareja –en matrimonio, noviazgo o amasiato– cuya rutina dentro del colectivo vecinal consista en escenificar episodios de descontento conyugal  a la menor provocación.

 

Este actus violentus, nutrido de palabrería altisonante y –si el guion lo amerita– golpes de variada magnitud, por lo regular se desplegará al interior de su departamento; eso sí, siempre a un volumen lo bastante elevado para acaparar, irremediablemente, la atención del escucha en los cantones aledaños: ¡Shhh, shhh! ¡Cállate!; susurra una anciana a su longevo marido, sentados frente al televisor; ¡Shhh! ¡Escucha! A ver, bájale tantito a la tele… ¿escuchas? Ya se están agarrando otra vez los del doce. ¡Shhh, shhh!

 

Sin embargo, la efervescencia de las pasiones no se caracteriza por ajustar su crecida a la privacidad simbolizada por las paredes de un cuarto; lo mismo se desborda en el patio, la azotea repleta de mujeres que fingen colgar su ropa percudida en los tendederos y se miran de reojo sonriendo ante la batalla, las escaleras o la puerta de salida general, todos éstos espacios comunales al interior del inmueble.

 

En el edifico donde vivo han desfilado parejas de variado modelo: jóvenes, ancianos, homosexuales, asiáticos, negros, estudiantes, yonkis…; algunas tan ruidosas que haría falta extirparse los tímpanos para no escucharles; otras, religiosamente silenciosas, como famélicos gatos negros rondando las azoteas de la colonia cada noche sin ser detectados.

 

–¿Con quién estás hablando? ¡Dime! –repetía una mujer, cada ocho días, en el patio común del edificio–. ¿Por qué te escondes? ¡Seguro estás hablando con esa pinche vieja!

 

«Seguro que ésta es la casa chica del bato –relataba, a modo de apenada disculpa, a mis amigos, cuando en alguna de sus espontaneas visitas eran testigos de la rutinaria pelea–. Viene cada ocho días; normalmente los domingos; siempre a media noche. Estaciona la ruidosa porquería esa que trae de coche, entra al edifico, abre la puerta de su departamento y, por un rato, todo es calma.

 

Un par de horas después, sale, así como ahorita, casi de puntitas y se sienta en la escalera. Saca su celular y marca. Ahí se la pasa un buen rato, con la pantalla del celular iluminando, a plena madrugada, los escalones. Según él, habla en un tono bajito, para que la señora, que mientras seguro duerme en el departamento, no le escuche. Pero en este lugar, el eco de las voces aparece a la menor provocación y rebota en cada ventana.

 

»Cuando uno menos se lo espera, brota el primer grito: –¿Dónde estás, cabrón? Segurito ya estás hablando con esa vieja –le reclama. Y entonces comienza la función circense repleta de mentadas de madre y reclamos.

 

»La mujer intenta quitarle el celular y él levanta el brazo, como cuando juegas con tu perro a no darle la pelota; y ahí la tienes brinque y brinque, berreando mientras intenta alcanzar el celular, quien sabe para qué. El bato disque intenta calmarla. A veces la abraza y ella le golpea los huevos con la rodilla.

 

–¿Por qué me haces esto, Sebastián? –se ahoga entre lágrimas, plantada en el centro del patio, mientras él se retuerce por el golpe. »El viejo controla el dolor y se lleva el dedo índice a la boca, pidiéndole baje la voz.

 

–¡Me vale madre que me escuchen los vecinos! –amenaza».

 

Casi medio año nos duró la rutina.  Al vivir junto a las escaleras (ubicación que me garantiza ser el primero en salir en caso de incendio y no tropezar con macetas, escobas, tanques de gas, bicicletas, y demás artilugios que los vecinos acumulan fuera de su puerta) me fue otorgado el palco de honor, lugar privilegiado para disfrutar de las peleas maritales. Sin embargo, solía ausentarme los fines de semana, lo cual me exentaba periódicamente del espectáculo.

 

Pero en el edificio, la casera, ser mitológico de todo conjunto habitacional, tocó cada puerta, y con una cara de falsa preocupación digna de telenovela, decía: “Debemos hacer algo. Esto es inaceptable, no lo dejan dormir a uno. Qué va a pensar la gente de los otros edificios. Aquí somos gente decente, no podemos permitir esas escenas”.  Entre queja y queja, se convocó a reunión vecinal. No asistí, pero la casera vigilaba cuidadosamente mi entrada al edificio, así que en cuanto yo ponía un pie en mi espacio, tocaba a la puerta:

 

–Joven, vengo a ponerle al tanto de lo que se acordó en la junta de vecinos. ¿Por qué no fue?

 

–Es que no tengo tiempo. Estoy muy ocupado –respondía, mientras le cerraba la puerta en la cara. Pero al otro día, en cuanto me escuchaba entrar, ahí estaba pidiendo “un minutito” para platicar sobre los vecinos:

 

–Joven, de nuevo yo. Quisiera platicar sobre los vecinos: ¿Apoco no le molestan las peleas?

 

–Me molesta más que me esté cuidando la entrada –y de nuevo le cerré la puerta en la cara.

 

Las peleas cesaron. Se lo atribuí a alguna decisión vecinal para la cual no fue necesaria mi asistencia. Francamente, no me importaba.

 

Sin embargo, una madruga, al regresar de una reunión, recordé que había olvidado bajar de la zona de tendederos un edredón y mi único par de sabanas. Subí las escaleras, recorrí el pasillo y llegué a la azotea. El brillo de la luna ayudaba en el recorrido; los focos de los patios no funcionaban; la dueña del edificio había decidido cortar el suministro por la dificultad para cobrar los recibos de luz: “No, señito, nosotros no usamos las luces del patio –respondía la gente cuando se pasaba la charola de cobro–. Segurito son los vecinos de enfrente”.

 

Cargando los edredones, me dispuse a bajar cuando vi un par de ojos brillar en el rincón más alejado de la azotea. Es un gato, pensé, pero no podía dejar de mirar aquellos dos cristales que refulgían bajo la luna.

 

–¡Sáquese, shuuu, shuuu, sáquese, cabrón gato!”, murmuré, pero nada cambio. Camine hacía el gato, o lo que yo pensaba era un gato, seguro que al sentirme cerca huiría.

 

–¡Sáquese!

 

No dejaba de mirarme. Di un par de pasos más y una voz heló mis pasos.

 

–¡Buenas noches, joven! –resonó desde los ojos que me miraban.

 

–Buenas noches –respondí asustado.

 

Sin darme la vuelta, caminé hacía las escaleras y bajé rumbo a mi departamento. En la tranquilidad del cuarto, mientras tendía las sábanas sobre mi cama, comprendí que las rutinarias peleas que la pareja protagonizaba en el patio no habían cesado ante algún acuerdo vecinal; simplemente, el hombre había encontrado un lugar ideal para hacer sus llamadas, acompañado por la luna, cobijado por la noche, oculto entre las lavadoras y los tendederos del edifico. Como un gato negro que ronda las azoteas.

 

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